jueves, 30 de enero de 2014

Mil días y mil noches

Estaba sentada en una vieja silla,
con la mirada perdida hacia el ocaso, 
él me sonreía y me desnudaba,
llevaba mil días y mil noches
acurrucada en el jardín, 
y el tiempo se acababa.

Era hora de despertar de aquel sueño cálido,
era hora de que llegara el efímero momento del adiós 
para rozar tu cuerpo. 

Los minutos pasaban y yo me desvanecía,
el sol se estaba muriendo al no verme rozar tu cuerpo.

Aquella noche mientras leía aquel libro, pensaba en ti.
Pensaba en tu boca, en tus ojos, en tu dulce mirada.

Oí un ruido en la puerta,
decidí acercarme para ver quién era,
y por fin, llegaste.

Me desnudaste con la mirada, me abrazaste
y me robaste un desnudo atardecer.
Apagué la luz y tu íntimo ser apareció brillante 
y me rozó los labios.

Era el último día, el día de los eternos encuentros,
la piel de gallina me sonreía al pasar,
y sin más dilación,
aparqué mi vergüenza y me dejé llevar.





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